Un hombre de negro con pinta de mafioso envía un paquete a través de su mejor agente, osease, yo, a la dirección: "Reloj Pérez". Cuando llego allí un hombre vagamente corto y perezoso me dice:
-Le entrego el paquete en nombre del señor Romina.
-Sí, pero ya llega tarde, no lo quiero.
¿Qué hago yo con este paquete ahora?
-Dile que coja lo que es mío y me lo envuelva para llevar, porque pienso pasarme por casa de ese tío si no atiende a razones.
-¿Cómo?
-No es natural andar haciendo este tipo de favores.
-¿Quién eres tú?
-¿No lo pone ahí?
-No. No sé por qué piensas que porque haga un recado sea la putilla de alguna empresa de mensajería española.
-Bien, mejor. Pero que sepa que yo no me dedico al tráfico ni al blanqueo de nada.
Ya me iba, cuando no pude dejar de pensar en alto: "Será capullo el tío este."
Pasó un tiempo mientras yo iba con el coche, hice un par de recados y no sentía ni la más mínima curiosidad por la caja. Nada que no se pudiera obviar mi falta de interés por conocer los negocios que se traía entre manos mi jefe. En un alto, en un parquin de vete a saber dónde, lo miré como si fuera una película de Hitchcock y hubiera una bomba dentro. Como en la escena esa del autobús, y yo siendo el niño ese pequeño, pero que sabe conducir.
Podía ser cualquier cosa. Podía ser hasta un gato muerto. ¿Y quién sería éste? ¿El dueño de protectora de animales, una tienda de mascotas, de un centro de espiritismo y buena suerte? La verdad es que olía a gato encerrado, muerto, putrefacto pero sin agujeros. La caja. Podrían haber gusanos, o serpientes. ¿Confeti? Tenía cierta pinta de homosexual el tío al que iba dirigido.
La tensión me estaba matando. Pero me decidí a volver donde mi jefe.
-¿Qué hay dentro, señor?
-Una cabellera humana.
Y él no era un alien con pinta de reptil.
-¿Dios? ¡¿Qué hace usted con eso?!
-Verás, Raquel, cada vez piden más realismo a las pelucas, y sin embargo la demanda es alta como para pagar por el precio de una de verdad.
-¿De dónde has sacado ésta y por qué?
-Es una advertencia. Para que no realice más injertos de pelo, ¡me está arruinando el negocio con las pelucas! Y bisoñés.
-Claro, como que se caen fácilmente. A diferencia de éste. ¿Pero no se podía hacer sintético, realista?
-Sí, eso tiene fácil solución.
-O podría ser crin de caballo. ¿Y cómo dice que ha conseguido éste?
-Verás. En la peluquería me preguntaron que si podía encontrar alguna. Y les dije que claro, que era forense. Pero para hacerlo necesitaba el dinero suficiente como para no dejar pistas con las tijeras, ni ningún resto de A.D.N. en el tejido. Prácticamente, como un buen cirujano con escalpelo, podía realizar la siguiente operación con el debido permiso.
-Usted no es forense.
-No, y con el debido respeto, no le digas a nadie sobre la profanación de tumbas como oficio de blanqueamiento de dinero. Es un sucio trabajo propio de los blancos.
-¿Tenía que ser rubia?
-Son las más fáciles de arrancar.
-¿Me puedo ir ya? -¡a la policía! Maldito puto loco desgraciado. Se les va a caer el pelo. Ya verá ya, él y toda su compañía de delincuentes sin un pelo de gracia.
Me dirigí a mi estación de policía de siempre y les conté lo ocurrido, pero más vulgar de lo que lo escribieron en la denuncia. Después de todos estos años. ¿Qué diría mi padre?
Probablemente algo como "si así de fácil fuera ponerse pelo habría ido arrancando cabelleras desde hace mucho tiempo".
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lunes, 31 de octubre de 2016
domingo, 4 de enero de 2015
Reynoland
Érase una vez, no, mejor, borrar, borrar. Hubo una vez, no, muy antiguo. Había una vez... muy cómico.
En cualquier caso, estaban no una, sino muchas veces -siempre que lo recuerdo- una multitud en una casa de árbol llena de enanitos que vivían en medio de un jardín junto al castillo de las princesas que estaba lleno de flores que brillaban en la oscuridad. Había plantas de todos los colores, amarillo fosforito, fucsia, granate... de todos los colores, porque en un mundo mágico y, como todos saben, en los mundos mágicos hay montones de animales y seres salvajes de lo más extraños que te podrías encontrar. Todo cuanto pudieses imaginar estaba por allí: un león alado con patas de elefante y caparazón de tortuga, un pegaso con tres cuernos y patas de cebra, una sirenita con cabeza de y cola de caballito de mar, un mono calvo con el culo azul y cuernos, un hipopotamo delgado con el cuello de jirafa y colmillos de cocodrilo, un rinoceronte...
incluso los animales extinguidos como los dinosaurios pero en versión diminuta: podías ver un diplodocus bebé beber del río con su largo cuello en un charco pequeño.
Era un mundo fantástico.
Y lo mejor de todo, es que lo reinaban princesas. Sí, princesas. No había reinas ni reyes, no se sabe por qué, pero en este mundo no habían nada más que princesas y enanos. Y las princesas tenían las llaves de la puerta de los castillos; una bajaba de su alta torre para preguntarle a su vecina. Toc, toc.
-Tienes la llave, pasa cuando quieras, me estoy peinando.
Tenía una larga melena que le costaba peinar más de tres cuartos de luna menguante. (Esa era la unidad de medida de esta land).
-Amiga princesa azul, ¿has visto el fuego verde que hay en medio del bosque? Es como si se estuviera quemando algún árbol.
-Yo no huelo nada.
-Normal, ¡con tanto perfume! Ves y mira a ver si desde tu torre ves algo.
Dos días después, cuando terminó de arreglarse el pelo blanco, bajó de lo más alto y siguió:
-Yo no veo nada, princesa marrón. Serán imaginaciones tuyas.
-No, porque lo que imagino existe, y si lo he imaginado estará allí de verdad. Ven conmigo.
Pero no le creyó ni la consiguió convencer.
Princesa marrón tiene un largo pelo rubio ondulado que le llega hasta los tobillos, para no tropezarse al andar.
Ya fuera del castillo azul, construido con ladrillos del color del cielo, se dirigió por todo el reino mágico en busca de otra princesa que pudiera creer su historia.
-Voy a ver si la princesa amarilla me cree o me dice algo de qué puede ser.
Camino de la torre con un tejado rojo que estaba a milimillas de lejos de allí se encontró un caballo blanco con alas y tres cuernos.
-Debe ser de la princesa azul. -pensó.- Lo tomaré prestado, no creo que le importe. Luego sabrás volver, ¿verdad?
-Sí. -relinchó el pegaso.
En un santiamén, llegó al balcón de la torre amarilla y allí se encontraba la princesa que estaba esperando. Tenia unos anteojos morados con los que podía ver muy bien sino le tapaba su brillante pelo rojizo la vista apartándose el pelo de un soplido, como hiciere el asno que tenía con alas.
Bajó del burro y se despidió con un azucarillo de miel y limón.
-Princesa, princesa amarilla, ¿has visto el humo que sale de en medio de la selva? La otra princesa azulada no me ha hecho caso.
-Sí, lo veo, y no solo lo veo sino que sé lo que es.
-¿Ah? ¿Sí? ¿Y qué es?
-Son los trolls de las cavernas. Son seres apestosos que huelen a ciénaga y pantano y comen babas pegajosas de las larvas y babosas. Son seres repugnantes y muy mal educados que se portan muy mal y no respetan para nada a nadie. En cuanto tuviesen la ocasión, seguro que te lanzaban piedras y palos.
-Pero no puede ser. ¿Sí? ¿Quién imaginaría una cosa así? No me lo creo.
-Pues no te lo creas, princesa marrón, pero yo he oído cosas, y los ojos no mienten.
-¿Los has visto?
-Verlos, verlos no. Pero me los he imaginado así, y si me los he imaginado así es que muy diferentes no tienen que ser.
-Bueno, vale, voy a ver si encuentro a alguien haya visto u oído algo más.
Entonces vio un pequeño pato blanco con patas de flamenco y cuello de cisne.
-¡Oh! Qué patito más mono. ¡Ai! Me ha mordido.
-Es un pato. Los patos muerden. Tienen dientes.
-Yo pensaba que solo tenían pico.
-No.
-¿Qué le das de comer?
-Pan de aceite con queso a las hierbas, pero se me ha olvidado dárselo en un par de días.
-Claro, por eso está así.
Al día siguiente, llegó a casa de la princesa violeta. Había tenido tiempo para pensar en esa definición tan desagradable y grosera que le había hecho la princesa pelirroja que no podía creer. ¿Trolls de las cavernas? ¿Comerán mocos y se tirarán piedras? No, no puede ser.
-¡Violeta, violeta!
-Princesa marrón, te he dicho lunas de veces que me llames princesa violeta. No me ha costado sacarme el título en la escuela de magia para nada.
-Perdón. Princesa.
-¿Qué quieres?
A pesar de sus bruscos cambios de humor, la princesa tenía un corazón rosa, y era muy inteligente. No se dejaba engañar por lo que veía o le dijera nadie. Ni ella misma a veces. Puede ser un poco difícil convivir con ella misma tanto tiempo.
-Pues, verás.
-¿Qué tengo que ver?
Podía ser un poquito impaciente a veces, y podría tener unas ideas tan oscuras como la raíz de su cabello.
-He visto junto fuego junto al gran árbol, verde. ¿Podría estar incendiándose fuera de palacio?
-Sinceramente, no lo creo. Lo más probable es que algún enano esté haciendo a la brasa a alguna pobre e inocente criatura, o a otro enano.-dijo esto abriendo una de sus otras para coger una perla y atársela a su collar.
En cualquier caso, estaban no una, sino muchas veces -siempre que lo recuerdo- una multitud en una casa de árbol llena de enanitos que vivían en medio de un jardín junto al castillo de las princesas que estaba lleno de flores que brillaban en la oscuridad. Había plantas de todos los colores, amarillo fosforito, fucsia, granate... de todos los colores, porque en un mundo mágico y, como todos saben, en los mundos mágicos hay montones de animales y seres salvajes de lo más extraños que te podrías encontrar. Todo cuanto pudieses imaginar estaba por allí: un león alado con patas de elefante y caparazón de tortuga, un pegaso con tres cuernos y patas de cebra, una sirenita con cabeza de y cola de caballito de mar, un mono calvo con el culo azul y cuernos, un hipopotamo delgado con el cuello de jirafa y colmillos de cocodrilo, un rinoceronte...
incluso los animales extinguidos como los dinosaurios pero en versión diminuta: podías ver un diplodocus bebé beber del río con su largo cuello en un charco pequeño.
Era un mundo fantástico.
Y lo mejor de todo, es que lo reinaban princesas. Sí, princesas. No había reinas ni reyes, no se sabe por qué, pero en este mundo no habían nada más que princesas y enanos. Y las princesas tenían las llaves de la puerta de los castillos; una bajaba de su alta torre para preguntarle a su vecina. Toc, toc.
-Tienes la llave, pasa cuando quieras, me estoy peinando.
Tenía una larga melena que le costaba peinar más de tres cuartos de luna menguante. (Esa era la unidad de medida de esta land).
-Amiga princesa azul, ¿has visto el fuego verde que hay en medio del bosque? Es como si se estuviera quemando algún árbol.
-Yo no huelo nada.
-Normal, ¡con tanto perfume! Ves y mira a ver si desde tu torre ves algo.
Dos días después, cuando terminó de arreglarse el pelo blanco, bajó de lo más alto y siguió:
-Yo no veo nada, princesa marrón. Serán imaginaciones tuyas.
-No, porque lo que imagino existe, y si lo he imaginado estará allí de verdad. Ven conmigo.
Pero no le creyó ni la consiguió convencer.
Princesa marrón tiene un largo pelo rubio ondulado que le llega hasta los tobillos, para no tropezarse al andar.
Ya fuera del castillo azul, construido con ladrillos del color del cielo, se dirigió por todo el reino mágico en busca de otra princesa que pudiera creer su historia.
-Voy a ver si la princesa amarilla me cree o me dice algo de qué puede ser.
Camino de la torre con un tejado rojo que estaba a milimillas de lejos de allí se encontró un caballo blanco con alas y tres cuernos.
-Debe ser de la princesa azul. -pensó.- Lo tomaré prestado, no creo que le importe. Luego sabrás volver, ¿verdad?
-Sí. -relinchó el pegaso.
En un santiamén, llegó al balcón de la torre amarilla y allí se encontraba la princesa que estaba esperando. Tenia unos anteojos morados con los que podía ver muy bien sino le tapaba su brillante pelo rojizo la vista apartándose el pelo de un soplido, como hiciere el asno que tenía con alas.
Bajó del burro y se despidió con un azucarillo de miel y limón.
-Princesa, princesa amarilla, ¿has visto el humo que sale de en medio de la selva? La otra princesa azulada no me ha hecho caso.
-Sí, lo veo, y no solo lo veo sino que sé lo que es.
-¿Ah? ¿Sí? ¿Y qué es?
-Son los trolls de las cavernas. Son seres apestosos que huelen a ciénaga y pantano y comen babas pegajosas de las larvas y babosas. Son seres repugnantes y muy mal educados que se portan muy mal y no respetan para nada a nadie. En cuanto tuviesen la ocasión, seguro que te lanzaban piedras y palos.
-Pero no puede ser. ¿Sí? ¿Quién imaginaría una cosa así? No me lo creo.
-Pues no te lo creas, princesa marrón, pero yo he oído cosas, y los ojos no mienten.
-¿Los has visto?
-Verlos, verlos no. Pero me los he imaginado así, y si me los he imaginado así es que muy diferentes no tienen que ser.
-Bueno, vale, voy a ver si encuentro a alguien haya visto u oído algo más.
Entonces vio un pequeño pato blanco con patas de flamenco y cuello de cisne.
-¡Oh! Qué patito más mono. ¡Ai! Me ha mordido.
-Es un pato. Los patos muerden. Tienen dientes.
-Yo pensaba que solo tenían pico.
-No.
-¿Qué le das de comer?
-Pan de aceite con queso a las hierbas, pero se me ha olvidado dárselo en un par de días.
-Claro, por eso está así.
Al día siguiente, llegó a casa de la princesa violeta. Había tenido tiempo para pensar en esa definición tan desagradable y grosera que le había hecho la princesa pelirroja que no podía creer. ¿Trolls de las cavernas? ¿Comerán mocos y se tirarán piedras? No, no puede ser.
-¡Violeta, violeta!
-Princesa marrón, te he dicho lunas de veces que me llames princesa violeta. No me ha costado sacarme el título en la escuela de magia para nada.
-Perdón. Princesa.
-¿Qué quieres?
A pesar de sus bruscos cambios de humor, la princesa tenía un corazón rosa, y era muy inteligente. No se dejaba engañar por lo que veía o le dijera nadie. Ni ella misma a veces. Puede ser un poco difícil convivir con ella misma tanto tiempo.
-Pues, verás.
-¿Qué tengo que ver?
Podía ser un poquito impaciente a veces, y podría tener unas ideas tan oscuras como la raíz de su cabello.
-He visto junto fuego junto al gran árbol, verde. ¿Podría estar incendiándose fuera de palacio?
-Sinceramente, no lo creo. Lo más probable es que algún enano esté haciendo a la brasa a alguna pobre e inocente criatura, o a otro enano.-dijo esto abriendo una de sus otras para coger una perla y atársela a su collar.
viernes, 13 de septiembre de 2013
Una noche en el Sværga (paraíso) con mi mujer Lata desha
Puedo
ver cómo tu cabello recorre eses como mareado intentando llegar
dando tumbos en círculos hasta el suelo pero se conforma con
contonearse al son del viento cuando este osa arrebatármelo de mis
manos. Puedo sentir la brisa de tu suspiro de desesperado
aburrimiento previo a un jadeante y contínuo nervio de hacerlo
mordisqueando tu labio más juguetón hasta que me frenas salvaje con
un No que dice Sí.
¿Acaso
no llevas en vena, inyectado hasta tus ojos blancos, en sangre, la
mirada penetrante que ansía una satisfacción y no se conforma con
ver espectante sino que decide penetrarme? ¿Por qué no? Me
preguntaba yo. Si esas carnes contoneantes me piden a gritos que la
extasie, que la extasie, como suena la palabra, extasie, que la
extasie, cómo suena la frase que la extasie y la repita como esta
misma frase.
Puedo
usurpar el trono de aquel al que dejas de lado cuando no estás con
él, y ahora estás conmigo, a la espera de que pase y a la desespera
de entrar por tu boca como de ella salen mis palabras que aclamaran
como a todos los dioses pero siendo yo solo ese uno y esta silueta de
la comisura hipnotiza cuando sonríes picajosa cuando te provoco
picardía y sabes que lo sabes. Y sé que sabes cuando sonríes y
sigues subida como tu falda a mis brazos t tus piernas a mis pies que
ya tardo en poner sobre tu regazo.
Recostados
como solo yo sé dejas caer tus manos sobre mi cabeza y las yemas
sobre el pecho, tuyo o mío, ya da igual porque somos todo uno
jugando consigo mismo. Pero quieres más, y yo también, y no podría
parar aunque me parasen.
Y me paro para mirarte, qué digo, te levanto de golpe de
la butaca y te lanzo la mirada después
de lanzarte contra la cama dejando
la marginada mirar donde
desearía estar cualquiera ahora. Y yo, no contento con el deseo,
porque nunca estoy contento, aterrizo sobre tu espalda chocando
contra tu culo bien
puesto que apreto con las
nalgas hacia adelante y te retuerces aún sonriente como puedo verte
cuando giras el
cuello, y si de verdad sabes cómo acabará esto te girarás para
poderte ver. Y lo haces. Y ahora estaré presa por tus piernas, y más
allá de tus caderas, igual que me embabarán tus turgentes pechos
cuando tenga el talento para dejarlas a ellas al aire no sin antes
besarte el
cuello, después de la cara; después de otros muchos besos que ya
no significan nada. Incesantes y paladeantes amantes
que se esconden entre tus mejillas por un rostro de infarto, el
que culminaría este placer incesante. Y así fue, y así es, no quiero sentir tu
corazón, pero lo siento, entre un pecho y otro lo oigo sonar, de
hecho, al ritmo que el mío y pretende
jugar a entrelazarse con el tuyo mientras van en aumento como tus ms
y mugidos hambrientos que esperan a que
baje hasta tu nombre y
no hace falta decir más.Mi mujer lata-desha. Ella era dos mujeres en una, una padmini araña como shankini, pero prefiere una tarde soleada cierva contra toro. Un día o dos después de luna llena, y cuatro o cinco, a eso desde las doce empezábamos a jugar hasta las tres de la madrugada cuando empezó todo y duró hasta tres horas.
Sabes que no tienes nada que perder y vas dudando de para qué vienes hasta que llegas y no hay vuelta atrás.
Sabes
con quién te encuentras pero tardarás en saber con quién te vas a
encontrar.
Nada
es diferente, todo suena como antes. La puerta, la casa, la terraza y
la cama.
Has
sentido más veces de las reales que estabas ahí, y que si por algún
azar del destino llegaras a confundir los sueños con la realidad, no
serían muy distintos de aquello que trataste más de una vez
imaginar, pero mejor.
No
sabes nada, hablar de experiencia no es para ti nada más que
recordar.
Para
mi hablar de experiencia es saber improvisar, saber qué va a pasar,
porque tengo que saberlo antes de que lo puedas imaginar. Y así es.
Y así fue.
Nunca imaginarías cómo empezaría todo, pero así está; aunque he de reconocer que yo tampoco.
No
puedes concebir algo que no sea amor, pero sabes que la espera es lo
más parecido al sufrimiento y al amor, pero sí que puedes pensar en
algo grande con amor. Y con cariño, ternura, acaricio con mis dedos
una mejilla sin saber que yo al primer plato, falto de desgana,
muerdo de la carne de ternera cual carnívoro cautivando a su presa.
No podrías mas que desear saber dónde iría a parar los dedos que
deslizo, con los que acaricio tus labios.
Si
crees que flotar a un palmo del suelo es levitar, es porque nunca has
sentido que volabas de verdad. Pero para empezar a volar de verdad
hay que estar preparado. Y tú lo estabas en ese momento.
Y
empezaban unas guerras de caricias que empezaban por las rodillas que
dormían hasta los dedos gordos de los pies izquierdos. Y el otro
tobillo te hace recordar que lo tendrás pronto cerca de la cara,
pero no te quieres preocupar por posturas incómodas sabiendo
yoga.
Y te dejas guiar como mejor sabes por los besos, los dedos
recorriendo tus muslos hasta que sientes tu cuerpo estremecerse y
erguirse en la cama, y te aprisiono comprimiendo tu cuerpo con el
mío. Pero puedes, y puedes espirar como quieres, pero lo haces lento
y en forma de caricia al viento, y un susurro que sube por tu pecho
izquierdo hasta que estoy en tu cuello. Y no contenta con eso, me
produces espasmos en el oído con gemidos pretendidos, pero honrados.
Y poco a poco me deslizo hasta tus labios, y te beso suave, solo
respirando tu aliento, retorciendo el brazo mordiéndote primero te
huelo el pelo que acaricio con mi mano. Y mi linga como mi lengua en
tu boca se abre paso hasta el fondo, despacio. Yo
tumbado sobre tu yoni rebuzno.
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